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Por Guzmán Urrero

Los caramelos figuran entre nuestras primeras devociones gastronómicas y sirven de metonimia a ese periodo de gozos y descubrimientos al que llamamos infancia.

En el caso de algunos individuos —en particular, aquellos que se consideran golosos— esta inclinación por los dulces no parece casual, pues se vincula a costumbres muy arraigadas en los primeros años de vida, y de alguna forma reproduce el mismo efecto encantador. Si se admite una dimensión histórica para semejante gusto por el azúcar, hemos de situar en el pasado la mayor fama del vocablo caramelo.

Como prueba de este largo trayecto, rescato la definición que plantea Sebastián de Covarrubias en 1611. Dicho con sus palabras, los carameles son unas «tabletas, o pastillas de boca, hechas de azúcar cande de redoma, y aceite de almendras, y otras cosas a propósito, para ablandar el pecho».

Más atento a la minucia etimológica que a la repostería, señala Covarrubias que éste «es nombre arábigo, y trae origen de carama, que vale tanto como regalo, porque se ha de traer en la boca e irse regalando poco a poco, por la garganta al pecho» (Tesoro de la lengua castellana o española, Madrid, Luis Sánchez, 1611). A propósito: luego comprobaremos lo acertado o no de esta última indicación, porque antes hemos de hojear otros diccionarios.

En 1729 la Real Academia Española define el caramelo como una «pasta hecha de azúcar cande con aceite de almendras dulces y otros ingredientes dulces».

Recuerdan los académicos de esa fecha que Covarrubias los llamó carameles, reiterando de paso que el origen de la voz es arábigo.

No coincide en ese planteamiento etimológico María Moliner, quien señala hacia un venero portugués. Su definición, por lo demás, es precisa: caramelo es «azúcar fundido y dejado después enfriar».

En segundo término, también cabe llamar así a «esa misma substancia aromatizada con alguna esencia y hecha en trozos de distintas formas y tamaños y, a veces, rellena con pasta de fruta, chocolate, etc.»

También desmiente a Covarrubias otro lingüista de prestigio, Joan Corominas, a cuyo juicio el vocablo es una adquisición hispánica del portugués caramelo; esto es:carámbano. Retrocediendo en el tiempo, se comprueba cómo dicha palabra proviene del latín calamellus, diminutivo de calămus (‘caña’).

La fórmula es particularmente feliz si entendemos que fue empleada para designar una estalactita helada, o por mejor decir, el carámbano que tanto se parece al almíbar endurecido. Corominas halla la primera documentación de la voz en Covarrubias.

Por otro lado, también confirma que la primera acepción en portugués «está ya documentada en el siglo XVI (Fr. Antônio Pinheiro, en Moraes». En lo sucesivo, para abrirse a otros hablantes, esta palabra pasó al francés caramel y al italiano caramello, -ella, redundando así en el encomio de una substancia gustosamente universal.

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