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Recuerdos, fotografías, aprendizaje, descanso. Ese es el tradicional legado de un viaje. Pero mientras unos disparan el obturador de la cámara y toman cócteles, otros estampan sus mejores momentos en una libreta con rotuladores y tintes de múltiples colores. De seis de ellos, ilustradores profesionales, el Museo ABC expone la muestra “Madrid y mucho más que Madrid. Cuadernos de viaje”. Y les hemos propuesto que nos cuenten cómo serían sus vacaciones ideales.

Enrique Flores (Badajoz, 1967) le gustan los veranos en la ciudad, cuando no hay tanta gente. Sus cuadernos de viaje van desde sitios muy exóticos y despoblados hasta los rincones más urbanos: “Me gustó mucho darle la vuelta al Himalaya, los paisajes son impresionantes”, comenta. En la exposición hay seis cuadernos suyos, incluido uno que hizo cuando fue a Irlanda hace tres años, que mezclan el dibujo con las palabras: “En ocasiones lo que quieres expresar es más fácil decirlo con una imagen, otras veces escribes algo y el mensaje se redondea”. ¿Cuándo rellenó su primer cuaderno de viaje? Fue hace 30 años, en Cuba. Se compró una libretilla cuando ya iba a subirse al avión en Barajas y volvió con todas las hojas llenas: “A partir de ese momento supe que siempre viajaría con un cuaderno”.

Gusti (Buenos Aires, 1963) prefiere pasar la época estival en una “islita en el Caribe perdida del mundo”. Pero su cuaderno no tiene nada que ver con las playas paradisíacas: “Refleja el oriente de Ecuador, donde conviven comunidades como los cofanes, los shuar, los achuar y los zarapas”. Este es el territorio del jaguar y del águila harpía, y el propósito de sus páginas es bien distinto del de sus compañeros: “Se le puso un transmisor a un pollo de esta especie y le seguimos para conocer más sobre sus formas de caza y sus necesidades. La intención es ayudar a estas aves y salvar su entorno, pues este águila es un bioindicador de que la selva está en buen estado”. Una propuesta con toque ecologista.

Antonia Santaolaya (La Rioja) es la única mujer de este sexteto. Para ella, es tan divertido viajar al pueblo donde nació como visitar un lugar exótico: “En ambos puedes conseguir muchas cosas nuevas. Y muchas relaciones humanas, que es lo que queda”. Pero confiesa que no le gusta pasar calor, sobre todo en viajes de trabajo, pues el agobio y los bajones de tensión le dificultan dibujar: “A 40 o 45 grados no tengo energía, a esa temperatura sólo piensas: ‘bastante hago con respirar’. Se necesita un mínimo para poder activarse”.

Fuente: http://www.elmundo.es

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