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Hoy os traemos una historia bonita y sorprendente. Luego de conocer a Liniers, historietista de Argentina, llegamos a Decur a través de Cuadritos, y así, a todo un movimiento de humor gráfico del cono sur, que tiene ideas enriquecedoras y mucho color. 

Guillermo Decurgez padecía depresión. No salía de su habituación y sólo cambiaba la sintonía de la tele. Una tarde, en Canal Encuentro, se encontró con un programa sobre cómics. En la pantalla hablaba Liniers, quien contaba su vida como historietista. “Si él puede, yo también”, pensó Guillermo y -lo más importante, hace notar- saltó de la cama. Consiguió materiales y retomó un viejo hábito: dibujar. Firmó sus primeros trabajos como “Decur” y los subió a un blog recién abierto. Fue albañil, fabriquero y trabajó en un cyber. Hoy se dedica a la ilustración y la historieta, y espera contento un libro que publicará Ediciones de la Flor.

“Venía dibujando tipos con espadas que le cortaban la cabeza a otros”, recuerda sentado en un banco, de espaldas a la rivera rosarina. Viajó 30 kilómetros para charlar con Cuadritos y contar que el trabajo de Liniers le cambió la vida. “¿Por qué no lo puedo hacer yo?, pensé y salté de la cama”. Mucho después se lo contaría al propio creador de Macanudo. Se le abrió un mundo totalmente nuevo y comenzó a incorporar decenas de autores.

“Cuando retomé el dibujo era muy Liniers, después conocí a Max Cachimba y era muy Cachimba, después el estilo se me fue fusionando con un montón de gente, como (Marjene) Satrapi, (Art) Spiegelman, y creo que al final logré hacer algo que -por lo menos a mí- me gusta, que es mi objetivo, que me guste a mí”.

El libro en De la Flor resulta de ese mismo crecimiento artístico y personal ante los ojos lectores de su blog. Decur recuerda una anécdota que le refirió la periodista Dalma Longo. Cuando ella mencionó su nombre ante Daniel Divinsky, director del sello decano en el humor gráfico argentino, este se sorprendió. Pucha, es la tercera vez que me lo nombran esta semana, cuenta
que exclamó el editor. Uno de quienes lo habían mencionado era su colega chileno Alberto Montt, también publicado por De la Flor.

“Empezamos todo por mail, lo llamé por teléfono, quedamos en una cita, le llevé todos los originales, igual que hice cuando conocí a Liniers. Obviamente se cansó de mirarlos y me dijo hagamos algo“, cuenta. “Y todavía digo que no puede ser, porque para mí, que dibujo desde hace poquito, después de trabajar en fábricas, en albañilería con mi viejo, y un montón de cosas más; que siempre dibujé, pero para hacer cagar de risa a los pibes; que si me decís de hacer un dibujo anatómico perfecto no puedo, porque nunca lo logré y siempre fue mi frustración; que volví al dibujo gracias a Liniers y sus libros en Ediciones de la Flor; bueno, la verdad es que todavía no caigo que estuve sentado en la misma silla donde se sienta Quino, o que estuve hablando con el mismo Daniel. No caigo todavía, y supongo que voy a entenderlo cuando me vea en las librerías, o se lo vea a algún pibe en la mano”.

Universo propio

Pese a que comenzó como imitando a Liniers, Cachimba y otros, pronto Decur se hizo un nombre propio gracias a la enorme personalidad que trasmiten sus trabajos. Su mundo ofrece una iconografía muy particular que toma mucho de los cuentos de los hermanos Grimm y las relecturas contemporáneas de esos relatos, y al mismo tiempo atraviesa todo ese cóctel con una paleta de colores que lleva su sello inconfundible.

“Lo que me viene a la cabeza lo voy dibujando, y me gusta que sea así. Además, hasta el momento funcionó bastante bien y todo lo que me gustó, lo subí”, reflexiona. “Una vez Liniers me dijo la locura que te salga, dibujala igual“. Así, por ejemplo, nació Mazapán, uno de sus personajes más requeridos, y que tiene un gran parecido con Jengibre, el personaje del film Shrek (…).

“Venía jugando mucho con la idea de tener un personaje que fuese chiquitito, pero un poco más agresivo”, señala mientras reconoce la influencia de la película animada.

Si algo permite distinguir sus dibujos, es la paleta de colores que utiliza. Ante el grabador, confiesa que eso es producto de su desconocimiento acerca del “correcto” uso del acrílico. “Nunca usé colores y toda la vida dibujé con lápiz”, explica, “y quizás llegué al acrílico por Liniers, porque de él una de las cosas que más amo son sus cuadros en acrílico”. Decidido a seguir sus pasos, cuenta que se mandó “de cabeza y sin saber usarlo”. No se le ocurrió que exigiera un tratamiento especial y en el proceso se encontró con que el material se secaba demasiado rápido. “Y agua no va, pero yo le puse”, sonríe con discreta picardía. El resto fue sólo mejorar con la práctica, comprar unos pinceles “minúsculos” y usar hojas que aguantaran el acrílico aguado.

Hoy se identifica con su material. “Es como soy yo, que un día empecé a usarlo y no lo conocía como no conocía el ambiente ni el mundo de la historieta, y hoy obviamente me encanta y cada día conozco más autores”. En tres años realizó una inmersión intensa en el mundo de los lápices, en parte gracias a las recomendaciones de sus colegas.

“El color transmite mis estados de ánimo”, apunta. “Por eso para hacer la tapa del libro me estuve tomando un tiempo, para estar bien yo”, justifica el retraso no tanto a su editor como a sus propias ganas de publicar y al deseo de sus lectores de verlo en papel. “Hace rato me di cuenta que los colores que elijo cuando estoy bien no son los mismos que elijo cuando estoy triste o muy alegre, y eso lo respeto”.

¡Esperamos que os haya gustado la nota y que pasen una buena tardecita en compañía de amigos y de Bubblets!

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